Amoeba: la disquería en la que revivió el amor por el vinilo

Compartimos esta imperdible nota del Diario La Nación sobre Amoeba, una visita obligada de todo melómano que viaja a Los Ángeles, San Francisco o Berkeley; su ciclo What’s in my Bag? invita a músicos y actores a llevarse sus discos favoritos y a hablar de ellos.

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Por: Martin Graziano / Para: La Nación

El Delfín de Irrawaddy, el Leopardo de las Nieves, el Rinoceronte de Java. En medio de esta lista de especies en extinción, también cabe mencionar al “bicho de disquería”: el melómano capaz de instalarse durante horas frente a las bateas, dialogar con los dueños y, como los protagonistas de la película Alta Fidelidad, agraviar a los parroquianos que desconocen la diferencia entre un single y un maxi single. Si la disquería es su hábitat natural, Amoeba es una de las grandes reservas ecológicas del planeta.

Fundada a principios de los 90 en Berkeley, Amoeba se expandió rápidamente hacia el emblemático Haight-Ashbury de San Francisco y, en 2001, abrió otro local en el Sunset Boulevard angelino. Instantáneamente se convirtió en un sitio de referencia para la comunidad musical: una disquería independiente que, además de contar con 250 mil títulos de arranque, comenzó a ofrecer pequeños conciertos y abrió su propio canal de Youtube.

Desde hace una década, Amoeba invita a músicos y melómanos célebres a cumplir el sueño del pibe: llenar una bolsa de discos y películas en su tienda total. El corazón de What’s in my Bag?, este micro que ya celebró largamente sus quinientos episodios, es el momento en el que los invitados revelan los motivos detrás de sus elecciones. No es casual: los caminos que conducen a un disco (como los que conducen a Dios) son inescrutables.

Acompañado por Amy-Jo Albany, la autora detrás de la película Low Down, el bajista de los Red Hot Chili Peppers recorre los pasillos de Amoeba a sus anchas. Es un vecino del barrio. Sus elecciones son canónicas, pero honestas y cargadas de emotividad. Por ejemplo, dos clásicos del jazz como Speak No Evil, de Wayne Shorter y Kind of blue, de Miles Davis. “Ya lo tengo -dice, sobre este último-, pero tenía que cargarlo porque creo que es el mejor álbum de todos los tiempos”. También selecciona un suculento box-set de Glend Gould tocando Bach (que le regala a Amy-Jo) y buena parte de la discografía de J. Dilla, el malogrado productor de hip hop. Flea evoca cuando, caminando por las montañas de Big Sur, escuchó Ruff Draft con sus auriculares y se largó a llorar. “Algunas personas simplemente tienen la habilidad de conmoverte. Y él lo hace”.

Die Antwoord

La selección de Ninja y Yolandi Visser prueba, de algún modo, el coctel que propicia su propia obra. Al margen de un puñado de discos de PJ Harvey y Aphex Twin, dentro de su bolsa solo tienen lugar algunos íconos perversos de la cultura pop: muñecos de South Park, una remera con Satanás fumando marihuana, las memorias de la madre de Eminem, un documental sobre modelos pin-ups y algunas películas de culto como Chopper y Brain Dead. Por supuesto, el dúo sudafricano hace una mención especial para Eraserhead y una antología de David Lynch. “Tomamos un capuchino en su casa -dice Ninja-. Fumaba cigarrillos y no tenía olor. Fumaba y el humo se iba hacia arriba. Yo trataba de olfatear y no encontraba nada. Ni siquiera me pregunto por qué. Prefiero dejarlo así. Tuve que tocar su cara para corroborar que realmente estaba allí”.

Mac Demarco

Asediado por una pequeña multitud de fans, el canadiense responde con su relajo habitual. Sus elecciones obedecen criterios de cualquier índole. Escoge un disco usado de los Doobie Brothers porque tiene una canción que le gusta y, sobre todo, cuesta un dólar: “buen negocio para mí”, sentencia. Consigue el disco de un viejo amigo (Dirty Beaches), recupera clásicos personales como The Modern Lovers y la película Wizards y decide darle una nueva oportunidad a Song Cycle, de Van Dyke Parks: “Mi compañero de cuarto siempre me insistía con la música de Van Dyke -explica-. Está un poco fuera de mi rango como escucha: tenés que poner a funcionar tu cerebro, cosa que está buena para mí”. Finalmente se detiene en The River, de Bruce Springsteen porque, accidentalmente, la portada de su segundo disco es igual a la del doble del Jefe.

Elijah Wood

El protagonista de El Señor de los Anillos prueba, en siete minutos, ser un avezado buscador de perlas. Su abanico de intereses es muy amplio: desde un compilado de funk soviético hasta el primer disco de Gal Costa, pasando por los Faces, The Raincoats, una antología de canciones folk británicas que inspiraron películas de terror, el legendario debut de los 13th Floor Elevators y, siguiendo la pista de un sample de Daft Punk, el disco de una ignota banda de funk llamada Breakwater. Todos, por supuesto, en formato vinilo. “Empecé a comprar vinilos hace unos doce o trece años -cuenta-. Poner un disco es muy diferente, sobre todo en estos días donde estamos tan acostumbrados a escuchar músicas en formatos semi-esquizófrenicos. Apenas si escuchamos la canción. El mero acto de apoyar la púa sobre el disco te compromete a escuchar”.

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