“Los discos son una bitácora de mi vida, son parte de mi historia”

Nueva entrega de #MiColecciónOnline, el ciclo donde coleccionistas nos comparten anécdotas, álbumes y rarezas sobre sus colecciones de vinilos.

Para la última edición del año tenemos el honor de contar con un gran músico y amigo desde hace años. Dueño de una colección perfectamente ordenada y variada en estilos y géneros musicales, les presentamos al Duke, Martín De Bernardi.

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¿Cuántos discos tenés en tu colección?

Tengo alrededor de 750 discos, ordenados por género. Rock Nacional, desde Los Gatos, y Moris hasta Catupecu Machu; Rock Internacional, desde Elvis y The Beatles hasta Morrissey y Artic Monkeys; un sector de trovadores con músicos de Brasil, Italia, Cuba, España y Argentina; otro con música negra, funk, soul, música disco y algo de jazz; otro con tango y música clásica –ideal para escuchar en vinilo- y un resto variado, donde hay cosas de folklore, bandas de sonido y otras cosas un tanto berretas que realmente sólo ocupan lugar. El vinilo es un formato que soporta todos los estilos, te anima a variar. El audio digital es como que “achata todo”, normaliza, estanadariza. En vinilo la música tiene aire, espacio, y se disfruta escuchar cualquier cosa, hasta artistas que jamás escucharías de otra manera.

¿Cuáles son los 3 que mayor valor tienen para vos? ¿Por qué?

Cuesta elegir tres. Pero creo que me quedo con:

Sticky Fingers de los Stones, edición original, USA de 1971, obviamente con el cierre marca Levis.

DISCO 1

El álbum doble de Manal que compre a un módico precio en Parque Rivadavia hace algunos años (está impecable, suena bárbaro, y creo que es un pequeño lujo cada vez que hago sonar a “ese trío” en vinilo).

DISCO 2

Como cierre del podio voy a elegir el “Dolcissimo”, un compilado de baladas italianas de los 60 y 70s que siempre que suena musicaliza algo lindo. Desde los fideos que amasaba mi vieja los domingos al mediodía, pasando por reuniones familiares de comida, vino tinto y anécdotas; hasta viajes ruteros en México –versión digital, obvio- y veladas hermosas, románticas, con mi mujer, Julia. Tanto valoro ese long play que una vez se me cayó la púa fuerte sobre un surco y lo rayó (creo que fue la única vez en mi vida que tuve un accidente así); y a la semana apareció, de casualidad, una copia impecable en el Parque y lo compré de nuevo.

DISCO 3

¿Cuándo comenzaste a coleccionar? ¿Por qué?

No comenzó como un “coleccionismo”, y aún hoy no me considero “coleccionista”. Sí, valoro mucho los objetos que contienen historia. Y, oh casualidad, esos objetos contienen mi propia historia ¿Cómo es eso? Aprendí a manipularos desde muy chico, en la casa en la que me crié, en San Justo. Me subía a un cajón para llegar a la bandeja y ponía los long plays en el plato que mis viejos me habían asignado (el de la izquierda, con la púa más usada, donde yo obviamente ponía los discos más baqueteados). En casa había una doble bandeja, tipo de disc jockey, bien vintage, que ganamos en una rifa. Todo muy “Pato C”. Entonces empezó como un juego, escuchando discos viejos y gastados de Los Beatles, Creedence, Queen, Pescado Rabioso, Sui Géneris, Lito Nebbia y Vox Dei. Obviamente había muchos discos inmaculados a los cuales yo, lógicamente, aún no tenía acceso. Sólo mis viejos, que generalmente los domingos se repartían doce horitas de música clásica, ópera, Silvio Rodríguez, Violeta Parra, Pink Floyd, Serrat y Spinetta, entre otros. Respetaba mucho ese ritual, y lo disfrutaba. En casa giraban vinilos todos los domingos, y casi toda la semana también. Fui creciendo, descubriendo a Deep Purple, Ten Years After, Focus; de a poco fui manipulando los otrora “intocables”. Pasaron los años y, de pronto, el desinterés del mundo por los vinilos se trasladó a mi casa. Entonces, sin darme cuenta esos objetos se transformaron en una manera de conservar mi propia historia, y la de mi familia, que casualmente disolvía su “forma tradicional” con la separación de mis viejos durante esos primeros 90s (de esta conexión me estoy dando cuenta justo ahora). Así, a esos discos que ya nadie utilizaba en casa, en parte por “la ruptura de los domingos” y en parte por el advenimiento del cd; yo comencé a cuidarlos casi sin darme cuenta como un tesoro. La antigua doble bandeja dio paso a un humilde plato Aiwa, que venía con el equipo “moderno” que traía compactera (guau!). La cuestión es que al cabo de unos años de batallar con ese trasto de plástico me di cuenta que eso no sonaba como tenía que sonar, “como yo recordaba que debía sonar”, y me empecé a mover para conseguir el equipo adecuado. Sin demasiadas pretensiones. Primero conseguí la bandeja, una Yamaha japonesa hermosa; luego el sintoamplificador, un Sansui 2000ª que aún poseo; y más tarde unas cajas Sony bastante aceptables (años después la Yamaha sería vendida ante una mudanza, y daría paso al equipo titular a una Kenwood que me regaló mi tía. Este conjunto cumple aún hoy con creces mis necesidades melómanas). Recién luego de conseguir “el audio adecuado”, me dediqué a hacer crecer la “colección”. Pero repito: no como colección en sí, sino como una especie de reserva histórica, ya no sólo mía y de mi familia (aquella en la que “era” hijo y esta nueva familia que formamos con mi mujer), sino la de un montón de gente que tuvo esos vinilos que fui consiguiendo. De hecho, a partir de allí empecé a recibir muchos vinilos de regalo. Un tío que trabajó muchos años en Interdisc me regaló como 300, entre los que había joyas de Charly García (“Clics Modernos”, mortal), Led Zeppelin, Bob Dylan, Leon Russell; y mis amigos y familiares se tomaron la sana costumbre de traerme discos en cumpleaños o porque sí: Bowie, Kiss, Radiohead, Donovan. De todo. Nuevos y usados. En este sentido, no me molesta si un vinilo está usado mientras esté en buen estado para escucharlo. Al contrario, valoro mucho alguna marca que hayan dejado las personas que lo disfrutaron antes que yo. Una dedicatoria de cumpleaños con fecha de 1973, o una anotación sobre el sello con birome sobre el beat al costado de cada canción, me parecen pequeños tesoros que dan cuenta de nuestro paso por el mundo. A eso me refiero con “historia”. Ojalá dentro de 200 años alguien escuche los vinilos que ahora tengo, y se pregunte quién y cómo los escuchaba. Ahí estaré, materializado de alguna manera, metido en algún surco, y volviendo a bailar con mi mujer alguna de esas baladas italianas. Creo que eso no puede pasar jamás con un cd o un mp3 o un streaming. Me refiero al hecho físico. Un vinilo es un objeto, cada pasada de la púa por el surco es diferente a la anterior, porque nos guste o no, el disco se gasta. Y en cada escucha hay una historia alrededor: estés cocinando, estés charlando con tu mujer, comentando con tus amigos melómanos “cómo suena ese bajo de Machi” o viajando en el tiempo a través de una canción que te trae un recuerdo. Es decir, no pongo vinilos “porque sí”. Para música “de fondo” uso Spotify o Youtube. “DJ Intel”, y chau.

FOTO 2

¿Qué fue lo más insólito que hiciste para conseguir un disco?

No soy de hacer cosas muy insólitas por conseguir tal o cual disco. Sí, estoy atento. Y cuando aparece algún long play que siempre quise tener, lo compro. En general estamos hablando de música vieja (música que justamente fue grabada para reproducirse en vinilo). Por suerte fui consiguiendo lo que me propuse, naturalmente. Los discos fueron viniendo hacia mí, de alguna manera. Así me pasó con el de Vinicius de Moraes en La Fusa, que es una bomba atómica de audio, groove y buen gusto; con un compilado de grabaciones de principios del siglo XX de Enrico Caruso, tenor con el que flashie luego de ver la película Match Point de Woody Allen (“esto lo tengo que conseguir en vinilo”, pensé); también con “Red” de King Crimson, o “Seconds Out” de Génesis. Por ejemplo disfruté mucho conseguir en buen estado un vinilo de tango, de D´agostino-Vargas que mi abuelo escuchaba. Lo tenía destruido, y un día apareció el mismo en el Parque Rivadavia, inmaculado y a dos mangos. Gol. Y justamente los últimos dos long plays que compré también los andaba buscando, y las historias tienen su particularidad. Uno fue “Atom Heart Mother”. Es un disco que escuchaba a los 12 años –en el walkman, antes de dormir-, y de los pocos que no tenía de Pink Floyd en vinilo. Apareció en buen precio y muy buen estado, estando yo mudándome de México a Buenos Aires. Le escribí a mi proveedor y le dije “guárdamelo que llego la semana que viene”. No podía dejarlo escapar. Era una excelente manera de reencontrarme con los discos al aterrizar. Así fue (está claro que no me llevé nada a México, no hubiera sido sano). Luego, al mes, me estaba por casar, y entre preparativos medio me borré una mañana y me tomé el tren a Ballester para comprarle al mismo muchacho “Es una Nube No hay Duda”, de Vox Dei. Lo tuve en cassette y en cd; pero yo sabía que en vinilo era superior (“ese bajo, Willy”). No me equivoqué. En realidad, no son locuras, son mimos que uno se hace.

En algún momento me gustaría tener algunos más de los Stones, Rubber Soul de los Beatles –canciones que tienen mucho que ver con mi historia-; Relics de Floyd –para tener todos, ya que estamos-; Transa de Caetano Veloso -a mi mujer le gusta mucho, y ese disco a mí también me gusta-; el majestuoso Volúmen 3 de Pappo´s Blues (con este disco vamos al Mundial de Bandas Histórico y llegamos a la final contra los ingleses, lo firmo); algo de Sabbath, Hendrix, algunos discos de Blues negro, tradicional –no hay muchos dando vueltas-; pero creo que no mucho más. Reitero, no me considero “coleccionista”, y el hecho de ser inquilino me asusta un poco. Cada mudanza se complica con los vinilos. Mover un lavarropas es comprar caramelos al lado de mover las cajas de discos, el equipo, el cuidado de todo durante el traslado.

¿Con qué frase resumirías lo que representan los discos de vinilo en tu vida?

Retomando lo que contaba antes, en mi caso particular, creo que los discos son una bitácora de mi vida, son parte de mi historia, y también de cada uno de los que los disfrutaron cuando los tuvieron en su discoteca. Valoro eso. Como los libros, los vinilos nos trascienden, tienen su vida propia. En ese sentido no soy posesivo o celoso, no pienso que los voy a tener para siempre. Me gusta mirarlos un rato y pensar que algún día yo no voy a estar, y esos álbumes nos van a sobrevivir. Ojalá terminen en manos de alguien que los valore de esa manera. Realmente gracias por el espacio. Es muy lindo compartir esto. Quedan invitados a escuchar música a casa, traigan vino tinto y quesos varios por favor. Yo paso música.

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Publicado por

Cultrade.com.ar

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2 comentarios en ““Los discos son una bitácora de mi vida, son parte de mi historia””

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